Santiago.
Mientras los fuegos artificiales transforman un cielo despejado en una nube de pólvora, me encuentro en un círculo seguro. Los ruidos estruendosos no pueden lastimarme, y por primera vez en años, sonrío mientras el tiempo pasa. Esa sonrisa pícara que se distingue a las lágrimas de otros años, es producto de un cambio enorme. Si mi yo del año pasado me viera pensaría que perdí la cabeza, se tratan de dos personas distintas que convivieron en el mismo cuerpo, ahora distanciados por un corto periodo de tiempo que lo transformó todo. Ese fue Santiago, quien quiso morir un 25 de diciembre abrumado por la destrucción diaria de su mente. Esa noche, sufría de un dolor similar, pero aliviado por el consuelo del final, dejaba que pasen las horas mientras se ahogaba en alcohol simulando una nochebuena feliz. El Santiago que hoy escribe sueña con cosas que antes parecían imposibles, hoy solo lejanas y posibles. Pero aquella noche donde no existía futuro, el pasado viajó por mis ojos como un últim...