Santiago.

Mientras los fuegos artificiales transforman un cielo despejado en una nube de pólvora, me encuentro en un círculo seguro. Los ruidos estruendosos no pueden lastimarme, y por primera vez en años, sonrío mientras el tiempo pasa. Esa sonrisa pícara que se distingue a las lágrimas de otros años, es producto de un cambio enorme. Si mi yo del año pasado me viera pensaría que perdí la cabeza, se tratan de dos personas distintas que convivieron en el mismo cuerpo, ahora distanciados por un corto periodo de tiempo que lo transformó todo.

Ese fue Santiago, quien quiso morir un 25 de diciembre abrumado por la destrucción diaria de su mente. Esa noche, sufría de un dolor similar, pero aliviado por el consuelo del final, dejaba que pasen las horas mientras se ahogaba en alcohol simulando una nochebuena feliz. El Santiago que hoy escribe sueña con cosas que antes parecían imposibles, hoy solo lejanas y posibles. Pero aquella noche donde no existía futuro, el pasado viajó por mis ojos como un último intento de hacerme sonreír. Aquella vida que nunca tuve, que quise tener y arruiné por mis propias ideas destructivas, fue lo último que vi antes de cerrar los ojos. La televisión apagada me cuidó toda la noche, la película que veía terminaba con un final feliz y quizá eso se trataba de una señal. El sol salió tímido, espiando por la ventana para asegurarse que la tragedia no se consumió.

Desde entonces, levantarme me costó el triple. Pero lo hice sin saber como, sin entender porqué, y doy las gracias que así fue. Aquel Santiago no podía vivir su presente como si existiera un futuro, porque la vida se acababa al día siguiente, fueron años de ese ciclo repetitivo. ¿Y que cambió? Podría dar tantas respuestas que todas parecen incorrectas. Quiero entender que la vida se trata de procesos inesperados, quiero creer que si resistes el tiempo suficiente, refugiado de la tormenta que te impide salir de casa, y tienes la intención de salir, acabarás encontrándote con el día despejado que tanto anhelas. Quiero confiar que no seré el único en romper la barrera cómoda que te otorga el hundirte eternamente. Irónico es descubrir que vivir ahora es más difícil que antes, la ansiedad creció y los pensamientos atacan como nunca, pero eso es una buena señal, porque antes respiraba simulando existir. Verme era ver un fantasma entre personas vivas, ahora hay fantasmas que me rodean, y de tanto convivir con ellos acabarán transformándose en parte del entorno.

El año termina y una nueva vida comienza, por primera vez esa creencia es real. Tengo miedo de fracasar en un examen, quiero intentarlo. Tengo miedo de volver aquí en un año y seguir sufriendo por soledad, quiero cambiarlo. Tengo miedo de no poder respirar cuando alguien me dirija la palabra, si sucede no escaparé y caeré desmayado y conforme. Tengo mucho miedo, pero a veces soy valiente, y quiero afrontar las historias futuras, propias o ajenas, con un enfoque distinto. Nadando entre adversidades, seré incapaz de ahogarme. Me siento poderoso cuando siempre me consideré débil, una cuestión de voluntad encontrada, un profundo deseo de cambiar, y de aportar algo para que otros deseos se hagan realidad. Vivimos en un mundo roto, lleno de personas rotas, pero así como todo tan fácil se destruye, en lo hermoso de reconstruir está la magia de la vida, una vida que creemos perdida hasta que aprendemos a recuperarla, a reinventarla tanto que parecemos gatos con siete oportunidades. Tenemos incluso más, y pienso aprovechar cada una de ellas como si la muerte me persiguiera. En el cuento de la tortuga y la liebre no pienso confiarme, correré con todas mis fuerzas para sacar una ventaja significativa. Ganar es imposible, o eso dicen, porque me siento ganador con el mero hecho de estar aquí. 

El trago se siente dulce, rico, se disfruta en el sillón donde hace meses sufría. Santiago está bien, seguirá escribiendo hasta que su brazo deje de moverse, seguirá existiendo hasta que se le olvide respirar, seguirá intentando hasta que las opciones se lean en negativo, seguirá avanzando con la idea que transformó su tormento en un respiro profundo. Santiago quiere encontrar la felicidad como si fuera un tesoro, y aunque lo haga y descubra que no puede guardarla en un frasco, seguirá buscando los caminos infinitos... las aventuras de una persona que se cansó de morir y aprendió a vivir.



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