2: Un gato entró a mi casa
Mirar por el balcón de mi casa en las noches es una actividad curiosa, el silencio invade la calle antes ruidosa, no hay gritos ni rastros de humanidad... todo lo que se escucha son los saltos sigilosos de los gatos andando por los tejados. Los veo por todos lados, como si se escondieran durante el día, esperando este momento para apropiarse de la ciudad. Hay de todos tamaños y colores, mantienen su agilidad nata, que les permite moverse de casa en casa. Algunos se detienen en la mía, asoman temerosos y salen corriendo cuando intento acercarme. Seguramente encuentren lugares mejores para quedarse, recompensas de más valor. Me acostumbré a esta dinámica de espectador en constante rechazo, aún trayendo comida para convidarles, no recibí respuesta, al menos hasta conocerla.
Una gata sin nombre se acercó, desde lejos la vi, parecía querer mantener la elegancia en su andar a pesar de verse claramente débil. Se detuvo enfrente mío, una mirada fija cautivó mis ojos para siempre, como un amor a primera vista. Le ofrecí comida y se acercó despacio. Quizá fui la última opción, o la primera digna, pero ese encuentro se repitió, cada noche, y puede que sepan lo que significa. No hay acción más cruel y hermosa que encariñarse, una gata perdida en los tejados se transformaría con mucha facilidad en la dueña de mi corazón. Con el pasar de las semanas ambos esperábamos ese momento del día en el que podíamos vernos. Ella se dejaba acariciar después de comer, un motor interno me indicaba que estaba conforme. Cuando comenzó la temporada de frío decidí invitarla a pasar, tenía miedo que se fuera asustada por tal atrevimiento, pero avanzó. Seguía diciéndome a mi mismo que se trataba de conveniencia para evitar el obvio desenlace, pero sabía que era una excusa de la mente para bloquear el corazón. La gata esperaba que yo le permita entrar a mi casa, si fuera por ella, habría entrado hace tiempo.
Dormimos en el sillón, viendo una película, al otro día ya no quiso irse. Preparé almuerzo para ambos, empezó a caminar por la casa volviéndola suya, fregándose con las sillas para que siempre sepa que ella estuvo ahí. Mi alacena antes vacía, ahora guardaba comida de todo tipo, abrí el mejor atún para celebrar el inicio de un vínculo permanente. En las paredes rebotaban mis risas, sus maullidos quejosos le dieron vida a un mundo lleno de nada. Mi habitación fría encontró la calidez en su color fuego, acurrucada en mis pies o cerca de mi cara, se ponía cómoda y no me esperaba para dormir. Solo cerraba sus ojos, su calma nocturna me devolvió una paz que había perdido en el caos de mi cabeza.
El encuentro de dos seres solitarios puede ser algo complejo, pero en el fondo todos extrañan el sentirse acompañados, el saber que hay alguien cuidando tus puntos ciegos, y disfrutando de aquello que te hace feliz. Es una felicidad potenciada, que se hace más fuerte con el pasar de los años. A veces toco mi piel y la siento tan suave como la suya, y si me veo en el espejo, noto que he perdido centímetros de altura. Desde que ella entró a mi casa, me siento tranquilo de noche y día, ¿Cómo puede un ser tan diferente complementar mi vida de tal manera? Creo que me vuelvo viejo o quien sabe que sucede, pero me quedo dormido viéndola dormir, cuando ella salta de la cama yo la sigo, y corremos por los pasillos sintiéndonos libres. Soy de color pasado, ella de color futuro, por eso vivimos el presente con una pasión impensada.
No quiero imaginar la vida sin ella, y me confiesa que no entiende la vida sin nosotros. Es el peligroso riesgo de querer, de sentir, de amar; he aquí la incalculable recompensa. Seremos gatos o humanos, iremos a fiestas o saltaremos por techos ajenos, lo importante es que permaneceremos juntos en estas siete vidas que el mundo nos ha dado... y si fuera solo una, no hay tiempo que perder, vamos a ver nuestra serie de confort, escuchar nuestra música favorita, y comer lo más rico que se te ocurra para no arrepentirnos de estar vivos, juntos, aquí.
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