El amor nos destruirá otra vez (vieja carta de amor)
Para ti, querida. Pude irme mucho antes, lo sé, pero decidí quedarme. A estas alturas nadie entiende mis motivos, mucho menos tú, persona indicada, por eso te escribo por última vez. ¿Quién eres? Ha pasado un tiempo y he llegado a olvidar tu aroma, a estas alturas solo sé que quiero dejarte este mensaje antes de mí partida. ¿Por qué me quedé y por qué me voy? Deberías saberlo aunque te importe más bien poco.
Me quedé por tantas cosas, empezando desde abajo, tus pequeños pies guías para mi tiempo perdido. Me quedé por tus piernas, porque sabía cuál sería mi reacción al verte caminar apurada por las calles que alguna vez fueron nuestras.
Me quedé en este ambiente, presente tu aroma impropio de los males casuales. Trato de ignorar el humo que tiras y aspirar algo mejor, hacerte llegar ese olor a esperanza que sueltas en los peores momentos, pero ni siquiera te das cuenta.
Me quedé por tu voz, habla parla porque un inocente placer invade mi alma cuando te escucho emocionada, ya sea gritar o cantar, hablar sin parar o susurrar palabras. Es mi sonido favorito, me atrapa como canto de sirena, llamando desde lejos al sollozo más cercano.
Me quedé por tu cabello, almohada mía lejos de mi, dueña de mis sueños, color arcoíris con el sol y melancólico gris en días de lluvia; me hubiera encantado acariciar tu cabellera empapada y jugar con ella como buena amiga, me convierto y te divierto, la camaradería a carcajadas se hace la mejor compañía.
Me quedé por tus ojos, mirada intensa llegando alto por tamaño, insinuando amores lejanos y dolores pasados. Me quedé por tus manos delicadas, rozan las mías y es como sentir el contacto del mejor ángel. Con la fuerza de un Dios me levantas, me rodeas con tus brazos fuertes y jamás me sueltas; ¿Puedo acaso devolverte el favor algún día? Porque aunque parezca humano a veces me disfrazo de algo más poderoso: un hombre enamorado.
Me quedé por tu aroma, siempre el mismo distinto al entorno que aborrezco, destaca por ser rosas, flores preciosas, frutas recién caídas o una ducha por la mañana. Me quedé para que mis ojos no olvidaran ese cristal dañado, mojado, empañado, a veces arañado por uñas afiladas.
Me quedé y lo hice por un cuerpo, un alma, una persona, una mujer, nadie que trascienda límites inimaginables, se trata de un ser humano condenado a vivir y morir. Me quedé por ella y desaparece, se esfuma entre hombres de mal augurio, entre libros sobre engaño e inservible amor. La consume su angustia y yo quiero rescatarla, no puedo porque también desaparezco; le digo “hundámonos juntos, querida, o ayudémonos para volver a subir donde pertenecemos, allá en la vida feliz”. Ella me ignora, ella se va y yo repito, insisto por última vez.
Me quedé por recordar el día que te conocí, en ese momento complicado me regalaste tus palabras y nunca te di el mérito suficiente. Me quedé por el recuerdo de nuestro primer y único abrazo sincero, aquella mañana calurosa, ¿Lo recuerda tu mente olvidadiza? Casi pasas de largo pero volviste por mí risa y yo encantado con la brisa fresca en un día soleado.
Me quedé porque encontré el momento exacto donde algo cambió, frente mío leías tus libros mientras yo leía tus labios, intentando que tu boca traviesa no se fuera de mi alcance; tú cruzabas las piernas y yo esperaba que cruzáramos caminos como si fuera nuestro destino regresar y mejorar aventuras pasadas. Desde ese día, cuando te miraba fijamente era incapaz de prestarle atención a otra cosa que no sea tu presencia, desde entonces supe que no quería dejarte y que por ti me quedaría hasta en el peor de los infiernos, que por ti viajaría a un mundo desconocido, que por ti enfrentaría miedos y criaturas temibles, todo ello sin reposo.
¿Para que me quedé? Si ahora me voy… no sin antes decirte “amor”, mencionar esa palabra y elevarla alto. Exagero porque soy dramático, querida, pero hasta Shakespeare debió encontrarse enamorado. Sí, enamorado. Estoy enamorado de la mujer estrella, destella el brillo de la bella Estela, y aunque no fuera ese su verdadero nombre, estoy enamorado de ti. Perdón si no te lo dije, si no fui sincero, tuve que esperar a una carta de despedida para decir adiós y amor, juntar dos palabras contrarias y enamorarlas en un verso. Estoy enamorado de cada uno de tus defectos para mí perfectos, enamorado de lo que escondes y lo que muestras, enamorado de lo que veo e imagino. Enamorado, como un primerizo y un experto, enamorado de todas formas y haciendo valer mi sentimiento. Te escribo la carta más enamorada de todas, así nadie me acusará de falso, y si lo hacen no saben en donde se están metiendo. ¡Pero qué gran error! Que venga cualquiera, incluso tu, a decirme que falseo esta declaración de amor, que exagero, que en dos días muero por tanto hablar; que me juzguen y yo te escribiré diez mil líneas, varias novelas, cientos de cartas de amor para que leas y releas.
Te amo, dos palabras tan sencillas y poderosas. Te amo, como el sol a la luna, te amo cómo si se tratara de un amor astral, te amo como el agua, acuario preferido. Te amo y recito versos cual poeta desconsolado, inspirado cual cantor de voz grave. Te amo y deserto por tu amor, me rindo cuando des la señal mientras me preparo para cualquier guerra, general invencible.
Te escucho, ya veremos por cuánto tiempo, te amo y ya veremos por cuánto tiempo, nada es eterno pero no hay nada mas cercano a una eternidad que mí compromiso; no existe nada más propenso a la intensidad que el acumulo de sentimientos, desbordados a la intemperie. Sabes que me iré, y después de entregarte tantas palabras, de concederte aquel anillo, un libro y otros papeles vacíos, después de tan poco te pido mucho como recompensa. Sé que ni siquiera vendrás a despedirme, el silencio reina en un ambiente lúgubre, rodeado de flores que se marchitan al verte lejos. Este es el final, quédate con que te quiero a ti y no a tus “yo” perdidos, sé quién eres y esperaré que esa mujer valiente y decidida venza sobre sus propios fantasmas para llegar donde quiera, porque queriéndolo ella puede ser como un Dios en la tierra, y si no lo quiere también puede ser la mejor en lo humilde que se proponga.
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