Elisa
De todas las veces que Elisa fue a mi casa, aquella fue la peor. Tras haber dejado de hablar por un año, ella decidió volver a ser mi amiga. Nunca comprendí sus motivos, había terminado por aceptar la teoría de que no existe ninguna teoría. Elisa no era una mente maquiavélica que quería destruir mi vida, tampoco jugaba conmigo porque estaba enamorada o siquiera interesada en mí. La realidad es otra, más cruda y simple: Elisa era una mujer común. Ahogaba penas en silencio como todos, tenía mal carácter para que nadie la viera débil, y solo quedaba conmigo porque no quería sentirse sola.
Nunca entendí el porqué de sus confesiones, me compartió un dolor que nunca podría entender. Vidas distintas, con un concepto diferente de sufrir. Lo único que compartimos fue la desgracia, el fracaso constante por medios externos, la injusticia de no nacer en el lugar indicado.
Cuando abría la puerta para irse, pensé una idea muy curiosa...
No te lo dije, Elisa, pero existe un universo alternativo donde fuimos felices. En ese mundo yo era una mujer, tú eras un hombre. Mi casa era tu casa, tu casa era mi casa. Lo mismo con la familia, con los amigos, con todo. Mi mamá hubiera estado orgullosa de un hijo como tú, y si bien no podría haber ayudado a tu madre, no hubiera permitido que eso me perjudique. Mis locas ideas serian escuchadas, soñaría con ser la mujer del año. ¿Y tú? Un estudiante ejemplar, pero esta vez no tendrías obstáculos.
Nos encontraríamos en el colegio, en mi primer día me enamoraría de ti. Tú, al ser un lobo solitario, te encariñarías de mi extraña forma de ser. Seriamos amigos por varios años, jamás nos separaríamos. Te contaría de mis sueños ambiciosos, de mis teorías revolucionarias y de mi plan para cambiar el mundo. Me acusarías de ser una loca con aires de grandeza, pero eso te encantaría. Te gustaría más mi cuerpo, y la inexplicable atracción que te provocaría. Yo te apoyaría en tu camino de éxito, incluso podrías tener la idea de estudiar en el extranjero. Si hablamos de una escala social, aspirarías a ser el eslabón más alto. Invadiría tu hogar, ese sería nuestro refugio. A tu nueva madre no le caería muy bien, tendríamos grandes roces y tú me defenderías a muerte. Dispuesta a hacer de una persona mi mundo, te confesaría mis sentimientos, los aceptarías de a poco. La confianza que construimos se transformaría en un puente que cruzamos de forma obvia, cada día un paso más hasta que nuestro amor sea evidente.
Me quedaría en ti tanto tiempo que podría olvidar la diferencia entre el día y la noche. Haríamos el amor en el sillón de tu salón, sería de madrugada, nos habríamos quedado despiertos haciendo un informe para un trabajo final. Cansada, me acostaría usando tu abrigo para cubrirme. Sería invierno, pero nada nos detendría. Nos quitaríamos la ropa poco a poco hasta quedarnos desnudos en la oscuridad. El calor de nuestros cuerpos eliminaría el frío por completo. Rodeando las seis de la mañana debía irme, ya que tendríamos clases en una hora. Me acompañaste a la parada del colectivo con el mismo abrigo que yo había tomado, no era lo más efectivo a tan bajas temperaturas. Temblarías todo el camino, nos sentamos para esperar y te vería muy indefenso. Te abrazaría, devolviéndote el favor de tus consuelos, de tus arropes, de tu cariño. Mientras estamos allí, te diría lo mucho que te amo. Tiritando, me dirías que sientes lo mismo.
Desde ahí pude llamarte mi novio, luego mi esposo, luego mi vida. Todavía nos esperaban un conjunto de experiencias inolvidables repartidas en años. En la cena de egresados, buscaría un vestido que te gustara, hermoso azul marino que te sacaría una sonrisa, y la mirada boba de un hombre enamorado. Bailaríamos en medio de la pista, desde lentos hasta metiéndole pasión. Ya en el final, estando muy borrachos, veríamos a la noche morir en brazos de un nuevo día.
Eso nunca sucedió. Lamento que seas una mujer castigada por tu entorno, casi tanto como lamento no ser el hombre que hubieras querido que sea. Perdimos nuestras mejores oportunidades, pero mientras respires habrá chance de mejorar. Me encuentro optimista, porque quizá sea la última vez que te recuerde. Aquel amor transformado en un recuerdo se muere con el tiempo, se debilita con mi mente desgastada, no resiste porque aunque fue poderoso... nunca fue. No existió más que la fantasía de un amor perfecto. En la búsqueda de una felicidad utópica nos estampamos, una y otra vez, con personas y contextos diferentes. Y a pesar de todo eso nunca pudimos intentar algo más digno de nosotros.
Si te pierdo en mi memoria, quiero que sepas que te amo. Sé que tu nombre no es Elisa, pero es un bonito nombre también, ¿No crees?
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