Erizo en invierno
Ella clavó sus espinas en mi corazón, pero aún así no quise soltarla. Me aferré cual erizo en invierno, no encontramos la comodidad entre nuestros cuerpos, entonces con miedo le pregunté si podía quedarse hasta que el frío pase. Ella sonrío y me dijo que lo pensaría, los días pasaban y mientras esperaba la resolución, soportaba el dolor de sus espinas. Claro que podría sobrevivir sin este amor, pero ya pasé por esto tantas veces. La rutina se repite como un bucle, enamorarse y entregarlo todo para volver al punto donde todo acaba. No quiero volver a intentarlo, pero si pierdo toda esperanza, me congelaré en una esquina de mi habitación, hecho una bola de lágrimas, un cubo de lamentos, una barra de ansiedad.
Traté de alejarme un poquito, quizá si encuentro la distancia perfecta ella no quiera desaparecer de mi campo de visión. Puede que necesite una que otra caricia, o puede que esté bien mirándola a lo lejos; lo único seguro es que perderla dolerá mucho más. Pero, ¿Cuánto más se puede luchar una batalla perdida? Si hablamos de escenarios ideales, lo ideal sería aceptar la derrota, sentir el golpe final y el fuerte ruido de mi peso cayendo sobre la lona. Habrá que levantarse de a poco, recuperar la confianza con la que le hablé por primera vez, volver a abrirle la puerta a las mariposas que se apoderan de mi estómago, volver a pelear con los fantasmas del pasado que me aconsejan encerrarme en mi mismo. Debo jugármela porque nada arregla quedarme aquí sentado, pero hasta un perdedor se cansa de perder, y a veces piensa como se siente que levanten su mano victoriosa.
Sonrío porque alguna vez sonreímos, lloro porque su expresión es triste. No tiene buenas noticias, pero tiene buenas intenciones. No me ama, pero me quiere, yo quisiera quererla sin amarla, pero solo el tiempo dirá lo que sentiremos la próxima vez que nos veamos. Quizá en el futuro podamos mantener la distancia correcta, juntos cuando el frío aceche, separados para que la vida continúe. Porque la vida sigue aunque me aferre a este dolor como un último pedazo de nosotros. No puedo evitar enojarme o entristecerme cuando pienso en todo lo que dejaremos atrás, el tiempo que vivimos, las risas que provocamos, el placer que compartimos; le reclamo al viento que nos unió y a la herida que nos separa. Sin embargo, no puedo atrapar esos momentos para siempre, se quedarán atascados en forma de melancólicos recuerdos.
La veo caminar en dirección contraria, quizá suspira aliviada o se tapa la boca para no gritar, solo sé que no mira hacia atrás y me alegro que así sea, cansada debe estar de ver a este hombre llorar. Espero encuentre la pieza correcta en un rompecabezas complejo, o la llave para abrir la puerta de su nuevo hogar. Hablando claro, espero encuentre alguien que no la deje, que no le haga daño... alguien que la haga feliz. Por mi parte prometo soltar sus espinas y alejar las mías, para que seamos libres de intentar algo distinto, para que seamos libres de vivir.
Excelente relato, me encantó la metáfora (。•́︿•̀。)
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