La costumbre de estar mal.
Quieres acariciar mi piel, pero tu toque calmado resulta tan distinto al choque bruto de anteriores personas. Será que mi cuerpo de colores no es compatible con tu gris equilibrado. Perdona mi brazo rojizo y lastimado, no puedes caminar abrazada a él porque desde hace años que las heridas no cicatrizan. Perdona mi grito inesperado cuando tus anillos dorados tocan mis ojos morados, no quería que nadie se acerque a ellos hasta que pueda ver con normalidad. Me duele la cabeza y es que no entiendo porque tu sonrisa dulce es tan dulce que me empalaga, porque tu actitud comprensiva es tan distinta a mi realidad, no puedo aceptarte porque mi cuerpo te rechaza, eres la pieza de otro rompecabezas y no querrías aferrarte nunca a este conjunto de piezas descuidadas. Eres una luz en plena noche, la fogata en una cueva fría, el sol de un día triste, la luna de una noche apagada. Si enumerara de mil formas la distancia que nos separa, quizá te cansarías de mí. Eres el agua que cae sobre mí, cayendo por mi rostro a la par de mis lágrimas, disimulando el momento y haciéndome sentir acompañado. Siento hacerte daño cuando todo lo que quieres es verme feliz, las cosas resultan tan difíciles cuando por tanto tiempo todo estuvo perdido.
Una estúpida enfermedad me impide amarte como te mereces, así como me impide superar la depresión que me lastimó y la ansiedad que me atrapa. Se trata de la costumbre de estar mal, una condición que mi doctor no pudo diagnosticar. Mi corazón está sano, solo que a veces tiene un ritmo tan intenso que quisiera detenerse o explotar. Todo está bien, pero algo falla cada ciertos días; mis piernas cansadas de no hacer nada deciden quedarse quietas, ni siquiera podría arrastrarme por la casa buscando algo que me de alivio. Es un mal imperceptible, invisible, que se escabulle en mi mente y cuerpo buscando sobrevivir a costa de mi salud. Esta pequeña maldición vive en mi desde que tengo conciencia, y no fue hasta hace poco que hice un gran esfuerzo por eliminarla. Sin embargo, la cura no es tan fácil como parece. Las esperanzas recientes pelean contra la idea pesimista que vivió en mi casa desde siempre, es una pelea reñida. De más está decir a quien quisiera ver vencedor.
Tengo una voluntad pequeña, queriendo hacerse grande para corresponder tu esfuerzo. Es el tiempo mi aliado y mi propia mente un enemigo eterno. Sé que las cosas estarán mejor, pero en el momento donde todo es calmo, un relámpago repentino intenta asustarme. Lo consigue y comienzo a dudar. Es entonces cuando se acerca tu mano tímida, de nuevo intentando tocar mi piel lastimada. Me pregunto si mereces este trato injusto, o yo merezco la chance que se me presenta. ¿Acaso es suficiente el cambio de perspectiva, el esfuerzo inhumano, la mentalidad positiva?
Entiendo la decisión de quedarte, pero más entendería la de irte, pues nadie merece hacer del sufrimiento ajeno un hábito. Quien sabe cuanto tardará mi cerebro en procesar que se puede vivir sin la necesidad de pensar constantemente en el final. Respiro hondo y recito: querido cuerpo, querida mente, déjate querer para potenciar tu propia mejora; tengo errores que arreglar, promesas que cumplir, futuros que construir. Valoro más su compañía de lo que mi cuerpo me permite mostrar, su caricia constante hace de mi alma dañada una herida bien suturada. La existencia de personas así, me permiten soñar con un fin de año maravilloso
Increíble Hermano
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