¡Buenos días, princesa!

Hoy no dormí esperando el amanecer, me senté a admirarlo emocionado como si fuera la primera vez. Creí que semejante espectáculo sería mínimamente comparable a la belleza de su sonrisa, y me equivoqué. Mientras el sol aparecía mis lágrimas caían el suelo, formando un pequeño charco. Por un instante recordé a mi princesa dormida en una cama desordenada y sonreí, verla levantarse y escuchar su voz recién despierta fue el mejor motivo para volver a dormir, porque luego me visitaba en sueños y compartíamos aventuras que por la distancia eran imposibles de vivir. Era mágico, y hoy me duele no hacerle bien a la persona que más bien me hizo, porque soy un príncipe apagado, y lo hermoso del color azul fue mi condena, al dejarme tirado en los momentos donde ella me necesitaba más fuerte.

Toda persona tiene un límite y quizá llegó al suyo, pero también tenemos la voluntad para recuperarnos de las caídas constantes, porque nunca cesan, y tampoco estamos solos para afrontarlas. Quisiera que agarre mi mano al caerse, aunque eso me cueste cosas que no quiero dejar, porque ella también dejó cosas importantes al darme su mano en aquel altar. Hoy quiero dejarle un mensaje permanente, porque un amor profundo me consume, y sé que por más dolor que afronte, no puedo hacer más que esperar la calma, porque yo no fui paz.

Quiero sacar aliento de donde no existe para soltar un "¡Buenos días, princesa!" que la haga sentir bien para afrontar el día pesado que le espera. Y al volver, mantener los pies en la tierra para recibirla con un abrazo firme, decirle "te extrañé" y acostarnos en la cama a conversar de nuestro día, aunque realmente no tenga que decir, porque yo solo quería que volviera y verla, y escucharla, y compartir su forma de ver el mundo porque aunque diferente, sigue siendo fascinante. Levanta las cejas mi princesa sorprendida, puede que me escuche o siga de largo, pero de cualquier forma espero sonría de nuevo, y que su dolor por más grande que sea, pueda ser vencido aunque cueste mucho tiempo. Ahora debo dormir, quiera o no, mis ojos se cierran, y en el último suspiro está su risa sanadora deseándole buenas noches al mundo que la vio brillar.

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